En paz, callado, vengo y no me ves venir, invisible, sin aviso, ¡flash! soy el relámpago. Y fulmino tu destino, no hay sentido que me alcance. Impredecible cuando no esperas que el bien no caiga desde el cielo llego. Súbitamente, como tormenta de verano, puedo tu drama iluminar. Tus ideas licuadas, chupadas, lamidas, mojadas, se hunden, se agotan. Danos su alcance. Porque nada significa todo, y ser es empezar de nuevo. Dame mas memoria para recordar la libertad, cuando no la tenga. Súbitamente, como tormenta de verano, puedo tu drama iluminar, dejarlo claro. Dame mas memoria para recordar... Dame mas memoria para recordar... Dame mas memoria para recordar la libertad, cuando no la tenga. Súbitamente, como tormenta de verano, puedo tu drama iluminar, dejarlo claro.

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“Me he quedado en nada,
me he quedado en mucho menos
como quedan las piscinas a mediados de febrero
Me vacío poco a poco
Poco a poco me congelo
tu ya no quieres bañarte
y yo no sé lo que quiero
Me sobran las horas
me sobran 30%
de lo que duran los días a estas alturas de invierno
yo quería quererte
por lo que sea no puedo
si antes importaba poco
ahora importa mucho menos…”
PORTONOVO- En aquellos días siempre era fiesta.
Bomarzo
Cuando nació Buonarotti, Mercurio y Venus ascendían, triunfales, desnudos, hacía el trono de Júpiter. Era el baile del cielo, la contradanza mitológica que recibe a los
creadores casi divinos. La gloria aguardaba al que abría los ojos bajo ese
esplendor que transformaba al firmamento en un salón encendido, todo
candelabros, entre los cuales flotaban, transparentes, pausados y ceremoniosos,
los dioses elevados en el centelleo del aire. En cambio cuando yo nací, Sandro
Benedetto señaló importantes contradicciones en la cartografía de mi
existencia. Es cierto que el Sol en signo de agua, reforzado con mi buen
aspecto ante la Luna, me confería poderes ocultos y la visión del más allá, con
vocación para la astrología y la metafísica. Es cierto que Marte, regente
primitivo, y Venus, ocasional, de la Casa VIII, la de la Muerte, estaban
instalados, de acuerdo con lo que Benedetto subrayó insistentemente, en la
Casa de la Vida y anulados para la muerte y que en buen aspecto con el Sol y la
Luna, parecían otorgarme una vida ilimitada —cosa que extrañó a cuantos
vieron el decorado manuscrito— y que Venus, bien situada frente a los
luminares, indicaba facilidad para las invenciones artísticas sutiles. Pero
también es tremendamente cierto que el maléfico Saturno, agresivamente
ubicado, me presagiaba desgracias infinitas, sin que Júpiter, a quien inutilizaba
la ingrata disposición planetaria, lograra neutralizar aquellas anunciadas
desventuras. Lo que sorprendió sobremanera al físico Benedetto y a cuantos,
enterados de estas cosas graves, vieron el horóscopo, fue, como ya he dicho, el
misterio resultante de la falta de término de la vida —de mi vida— que se
deducía de la abolición de Venus y de Marte frente a la necesidad lógica de la
muerte y, consecuentemente, la supuesta y absurda proyección de mi existencia
a lo largo de un espacio sin límites. Sé que algunos expertos criticaron el
prolijo trabajo de Benedetto, cuyos hermosos signos y figuras hice copiar al
fresco, medio siglo más tarde, en una habitación principal del castillo de
Bomarzo, y que adujeron que ese planteo era imposible, pero la sabiduría de su
autor, tantas veces demostrada, cerró sus bocas refunfuñantes. 
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A quién le puede importar lo que otra pared gritó.
Zurdok.- Hace más de 10 años, México, NL.
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EUSEBIO SACÓ el último cigarro que quedaba en la cajetilla. Llevaba veintitrés minutos viendo pasar los autos por debajo del puente en el que estaba. No sabía cómo había llegado hasta ahí. Tenía las manos manchadas de sangre y en el pantalón un fajo de billetes que no se atrevía a sacar. Algo le decía que debía guardar la calma y aun así sentía el cuerpo empapado en sudor. Se puso el cigarrillo en la boca, lo apretó suavemente con los labios, alzó la mirada hacia el frente y vio la avenida, y los edificios que la flanqueaban, extenderse hasta el horizonte. Recargó las manos en el barandal después de encender el cigarrillo. Vio pasar un Ford gris a toda velocidad, entonces le vino a la cabeza un dolor insoportable e intentó sentarse en el piso del puente. Se llevó las manos a los oídos, el cigarro cayó de sus labios, los autos se detuvieron. El dolor se volvía insoportable y Eusebio no conseguía sentarse. Otra vez algo le decía que debía sentarse, pero ya era demasiado tarde. El puente empezó a moverse, el dolor seguía creciendo. Eusebio dejó de sentir el suelo del puente bajo sus pies y entonces nada.
Extrañamente siempre que me paro aquí siento que es la primera vez.. Estoy tieso, congelado con una erección a medias, nada de palabras. La calcomanía de todos mis días se me ha vuelto a pegar al rostro. Cuando logro pensar en algo, la otra voz me interrumpe: que si esto se va a acabar, que si tenemos algún deber, asignar - asignarme un sentido…
Yo voy a morirme un día antes del del fin del mundo. Cuando todo esto se venga abajo, yo voy a saltar antes que todos.
6:45
Ha amanecido de nuevo en este sol que dejó de ser clandestino. Amaneció sin escándalos Amaneció en el centro de mi cerebro Soy lo que quiero ser (punto)
Huye al éter
de la misantropía
y piérdete
sin espacio ni tiempo
Flota
relaja la vida
ríe o llora
ignorando el prejuicio
siéntete sátiro
(o ninfa)
sé solo
pero con los demás
encuéntrate monstruo
o bello
y date besos
o golpea
Haz lo que todos llamarían de loco;
limpia el sentimiento
(siempre tan sucio
de jugar con él
a la pelota)
lávate los ojos,
hiérvelos
quítales lo negro,
o lo café
o lo verde
o lo azul
o lo rojo
que sean incoloros.
Y luego vuelve
para hacer el plomo
éter
DE POESÍA ÁRIDA N°1 DE CARLOS ALVARADO 
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